La gran fortuna

En sentido general, y para los fines que persigue esta breve enseñanza a compartir, puede entenderse como la suma de bienes materiales (muebles e inmuebles) que determinada persona posee. Para otros, la fortuna está en atención al dinero, propiedades, a la suerte o llamada “buena fortuna”, también a que “la fortuna le ha sonreído”, o expresiones que se emplean en este sistema, por ej. Por “fortuna” no salí perjudicado. Agreguemos la “fortuna del éxito”.

Para el pueblo de Dios, la gran fortuna se cimenta en el Señor Jesucristo; es decir, quien tiene a Él en sus vidas, se precia de ser ese hombre o esa mujer afortunados (as). Si miramos con ojos humanos, decimos: “Cuanta fortuna ha acumulado tal ciudadano”, quien contempla con ojos espirituales se maravilla de esa “otra fortuna grande” por tener al Dios sempiterno en sus vidas sin ser faltos de ningún bien porque ese corazón está lleno de gozo tanto cuando hay o no hay en esta Tierra. Aprendemos a vivir contentos con lo que el Señor nos permite poseer, a diferencia del dinero físico o lo que produce aquella supuesta riqueza proveniente del mundo.

El Señor, es dador de un estupendo salario, de una mejor paga, es quien nos sobreabunda en riquezas especiales, rodeados de amor, de un dulce y precioso hogar constituido por la esposa, los hijos; del rostro que tenemos y que se refleja hacia otros. Aquellos desearían esa vida grandemente afortunada; empero, solo poseen fortunas dinerarias, materiales. Ese es el inventario de quienes no tienen a Cristo en sus corazones. No pueden mirar las riquezas de las que los hijos de Dios estamos rodeados, puestas por su sola gracia, amor, bondad y misericordia. Riquezas que no se compran con billetes o se tranzan con otros bienes de igual o mayor precio, papeles bursátiles comercializados en las Bolsas de Valores o que están al día en la oferta y la demanda.

Hablamos de esa otra “gran fortuna” que proviene del reino de Dios.

Enseñanzas:

  • Para el hombre es valioso un bien material; pues le alegra el corazón, aunque sabe que ello es pasajero. Pasa esa emoción, se tranquiliza temporalmente en cuanto alcanzó algo que considera da sentido a su vida. Los verdaderos hijos de Dios agradecen en sus corazones por los bienes celestiales recibidos en este planeta, a la espera también de los tesoros divinos que alcanzará en el cielo al abandonar esta Tierra. Así que la gratitud debe permanecer para siempre.
  • El Señor de los cielos busca renunciamientos, busca corazones desprendidos de los deleites terrenales, de los bienes, de las propiedades, porque en el inventario, éstos son solo vanidad. Una bella y clara enseñanza encontramos en Marcos 10: 21 y Lucas 18-30.
  • Este joven rico anhelaba asegurarse de tener la vida eterna, y preguntó al Señor Jesús como alcanzarla. Expuso ante Él haber cumplido con todos los mandamientos. Respondió presuroso, señaló: “Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud”. Mirándole con amor, le amó, y le dijo: “Una cosa te falta: anda vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, y sígueme, tomando la cruz”.
  • Este orgulloso joven fue conminado por el Señor a exponer sus verdaderos motivos, vendiera todo lo que terrenalmente poseía. La barrera inmediatamente se levantó delante de él, y le marginaría del Reino: su amor al dinero, a los bienes terrenales, que resumían su corazón altivo, orgulloso, los éxitos alcanzados, la autosuficiencia. Igual, sucede hoy.
  • El Libro de Éxodo en el capítulo 20: 3, enseña: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. Esa actitud le marginaba para guardar este mandamiento al impedir que nada fuese más importante que Dios. No cumplió con el pedido del Señor Jesús: entregar su corazón y vida a este Dios amoroso, precioso, dulce y bello.
  • Quería saber qué hacer, ignorando que ya estaba escrito de no tener dioses extraños como el dinero, las posesiones y anteponerlas al Dios omnipotente . El resultado: contempló absorto lo que era incapaz de hacer. Evidentemente, existen otras barreras que impiden entregar las vidas a Cristo Jesús.