En aquel día me dirán: Señor, en tu nombre hicimos …; mas no dijeron: Señor, en tu nombre nosotros oramos, estuvimos contigo, clamamos, suplicamos….

Mateo 7:22-23. “Muchos me dirán aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.

Varias consideraciones en torno a estas citas bíblicas: a) muchos, es decir, demasiadas personas. Como adjetivo traduce “abundante”; por ejemplo: “consumió muchos alimentos”, “en muchos -varios- jóvenes las pasiones se desbordan”; b) aquel día, esto es, el día del juicio (cp. Malaquías 3:17); c) profetizamos. En el Nuevo Testamento este verbo significa básicamente transmitir un mensaje de Dios, no necesariamente predecir algo futuro; d) demonios. Marcos 1:23, señala: “Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces”. En realidad, fue el demonio quien gritó, poseído por un espíritu maligno. Posesión demoniaca cuyo propósito era – y lo es aún- atormentar y destruir a quienes son creados a imagen de Dios. El demonio reconocía que Jesús el Gran Señor, era capaz de destruir las fuerzas satánicas; d) y en tu nombre, en el nombre de Jesús; e) hicimos, del verbo hacer, conjugado en pretérito perfecto simple. Igual, ejecutar o realizar cierta actividad que apareja un resultado.

La respuesta firme y tajante del Señor Jesucristo ante el cúmulo de “tareas”, de “haceres”, es: Nunca os conocí, apartaos de mí, hacedores de maldad. El Señor de los cielos alerta contra el autoengaño, mera profesión de fe, sin obediencia a la voluntad de Dios. Posiblemente en la vida real cierta persona se engañe a sí misma al ejercer un ministerio espectacular y emplear la autoridad de las Escrituras, también mencionar el nombre bendito de Jesús sin andar por la senda del discipulado obediente.

Versículo 21. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Es muy común escuchar voces que repiten una y otra vez la palabra Señor, Señor, al igual que Dios, Dios, Dios mío, título que, a veces, significa “señor”, a manera de una expresión cortés o “maestro”, empero, en las citas comporta un significado más profundo, pues es Jesucristo quien decide finalmente sobre el destino de las personas.

Podríamos preguntar: ¿Qué es mejor decir en aquel día: Señor, Señor en tu nombre hicimos, o expresar: Señor, Señor, en tu nombre rogamos, oramos, suplicamos, clamamos, estuvimos contigo y te agradecimos por todo lo que hiciste en favor nuestro Evidentemente, ¿lo segundo? Para el Señor celestial la oración es lo primero. Él enseñó a los discípulos a orar (Mateo 6: 9-14). Dijo” “Sentaos aquí, entretanto voy allí y oro”, luego, por tres ocasiones les increpó: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad para que no entréis en tentación…”.  Con María, hermana de Lázaro y Marta, quien se puso a los pies del Señor a escuchar quietamente sus palabras, escogió la mejor parte la cual no le sería quitada. (Lucas 10:42). Jesús se levantaba de madrugada “muy de mañana, siendo aun muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba (Marcos 1:35).

Siervos de Dios consideran que lo mejor para ellos es ubicarse en grandes escenarios, ante inmensas multitudes, ignoran, acaso, que la mejor parte es orar, orar y orar. Esa es, sin duda alguna, lo mejor. Por ello la cita de Lucas 10:42; otros, anhelan estar en la acción y mirar milagros, ver lo que Jesús hace, y descuidan la oración. Ésta es importante, no la acción. El libro de Nehemías en 2:18, puntualiza: “Entonces les conté como la bondadosa mano de Dios había estado conmigo y le relaté lo que el rey me había dicho. Al oír esto exclamaron: ¡Manos a la obra” Y unieron la acción a la palabra” (NVI, Nueva Versión Internacional), en otros términos, ligaron a la oración la acción La oración es primero, ¡precede a cualquier acción!

Enseñanzas:

  • Jesucristo no solo fue un excelente orante, dio ejemplo de lo importante que es la oración, enseñó a orar; pidió que se mantuvieran en oración permanente; aun en la hora más difícil, oscura y dolorosa demandó de sus discípulos que se mantuvieran con Él orando. No les solicitó a todos sino a los más cercanos (Simón Pedro, Juan y Santiago).
  • Busca el Señor hombres y mujeres que oren, que clamen, que imploren, que intercedan por cuanto Él es intercesor ante el Padre junto con quien se agregue a ella. Busca quienes se postren y oren porque Él continúa orando, sigue orando. 
  • Estaban orando unánimes juntos al descender el Santo Espíritu. “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones (Hechos 2:42. Cp. 2:1). Esta época es de oración, de búsqueda, de clamor, de ruego al Dios eterno en el nombre de Jesús.
  • Orando y orando hay que proseguir, avanzar, sin permitir que el enemigo nos distraiga ni menosprecie lo que hacemos en favor de otros en el nombre de Jesucristo. La oración es lo más importante. Antes de ser llevado el Señor a la cruz y de subir al Padre, “cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz”. “Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó su espíritu” (Mateo 27:46, 50), y, previamente a descender nuevamente, quiere vernos siempre orando.
  • La oración es un diálogo del hombre con Dios, una conversación, un acto de adoración y comunicación, e incluye la presentación de nuestros deseos a Él en el nombre de Jesús y con la asistencia del Espíritu Santo (Juan 14:13-14; Romanos 8:26-27; Filipenses 4:6). En el Antiguo Testamento la oración estaba relacionada con el sacrificio en el templo, luego del año 70 d. C., los rabinos sostuvieron que la oración era “mejor que el sacrificio”, mas, en la sinagoga, la oración tomó lugar del sacrificio. Los judíos oraban por lo menos tres veces al día (Salmo 55:17; Daniel 6:10) practicada no solo en el templo, también en las casas o en lugares apartados (Daniel 6.10; Lucas 1:10), en una habitación en la planta alta o llamado “aposento alto”, especie de azotea (Hechos 10:9), en posición de pie (Mateo 6:5), inclinado o de rodillas (Hechos 21:5).
  • El Nuevo Testamento manda a orar en todo tiempo (Lucas 18:1; Efesios 6:18; 1 Tesalonicenses 5:17), y en todo lugar (1 Timoteo 2:8). Acorde con las Escrituras, la actitud del espíritu del orante es más importante que la hora, el lugar, la posición del cuerpo o las fórmulas. Se debe orar con intensidad espiritual (Lucas 22:44; Efesios 6:18; 1 Tesalonicenses 3:10); orar por nuestros enemigos (Mateo 5:44); por los gobernantes (1 Timoteo 2:1-3), los unos por los otros (Santiago 5:16), porque la obra de Dios se lleve a cabo (Mateo 9:36-38), y porque su reino se establezca (Mateo 6.10). En Judas 20 se ordena orar en el Espíritu Santo, y, según Jesucristo, la mejor paga que Dios concede a la oración es su Santo Espíritu (Lucas 11:11-13).
  • La Biblia enseña que se debe orar porque aun cuando Dios sabe todas las cosas, ha decidido intervenir en ellas en respuesta a la oración como asunto de fe y obediencia, y recae sobre el hombre cierto grado de responsabilidad que, a su vez, le permite desarrollarse y fijar un orden de prioridades. No tiene, sin embargo, como finalidad decir a Dios lo que debe hacer tampoco como hacer. El Elyon (Altísimo) es árbitro absoluto de sus planes, pero el hombre un ser moral, no le impone su plan sino le ofrece. A través de la oración el hombre conoce la voluntad divina, la acata y es capacitado para llevarla a cabo en su vida (Romanos 8:26-27).
  • El que ora -orante- tiene absoluta fe en el amor (Juan 3.16; Romanos 8:32), la justicia (Génesis 18:25), la sabiduría (Judas 25), y la omnipotencia de Dios (Apocalipsis 1:8) estará capacitado no solo para aceptar las negativas o el silencio de Dios, aun las circunstancias que parezcan negar la eficacia de la oración. Será más que exitoso y triunfante ante casos desconcertantes (Mateo 11:11; 14:1-12), sin desconocer que enfrentará obstáculos no siempre naturales: personalidad, preocupaciones, limitación de tiempo, ambiente, ignorancia de lo que conviene (Romanos 8:26), o enfrentarse a las fuerzas espirituales de maldad (Daniel 10:12-14; Lucas 4:13; Efesios 6:10-20), cuya única garantía de salir airoso en la oración, es la concurrencia y auxilio del Espíritu Santo (Romanos 8:26-28; Efesios 6:18).