Los bienes materiales alegran el corazón, valiosos para el hombre, pero efímeros

En el mundo en que desarrollamos nuestras actividades diarias, el obrar, el pensar, desplegar múltiples acciones, son distintas en cada ser humano. Unos, con base al dinero que poseen, apuntarán a cubrir necesidades vitales como salud, alimentación, educación, vivienda, esparcimiento; otros, atenderán, a más de las dichas, a adquirir bienes, propiedades, vehículos, paseos, viajes, distracciones.

Los más favorecidos, no solo compran propiedades (terrenos, casas, fincas, haciendas, villas, automotores), sino que los coleccionan en sus países de origen y en exterior, exhiben públicamente su flota vehicular costosa, añaden un avión, un yate, joyas. El dinero les sobra, acaso no saben qué hacer con él.

Esas propiedades materiales, alegran temporalmente el corazón de los favorecidos, más no sus almas que lucen vacías. Hay riquezas que se concentran en pocas manos, al extremo que revistas “especializadas” publican a los “10 hombres más ricos del mundo”. Riqueza, riqueza y más riqueza parece la meta a alcanzar, la cual se torna en una puja constante, sin considerar a los demás. Importa figurar en esas listas.

El concepto de riqueza tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento radica en ser bendición de Dios. Abraham es el ejemplo típico del hombre rico temeroso de Dios (Génesis 13:2). Los salmistas celebran las bendiciones materiales. El varón piadoso “florece como árbol plantado junto a corrientes de aguas” (Salmo 1:3). “Bienes y riquezas” hay en la casa del hombre que teme a Jehová” (Salmo 112:1, 3). Reconocemos que el Señor es el gran benefactor, y la riqueza material es consecuencia de su munificencia (generosidad espléndida), “nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (1 Timoteo 6:17).

Los profetas lucharon valientemente contra los graves abusos cometidos por los ricos (Isaías 3:14; 5:8; Amós 2:6; 4:1). Los problemas suscitados sobre la riqueza son tratados en Job, Salmos y Proverbios.

Lucas asoma contrario a las riquezas y simpatiza con los pobres (1:53; 12:13-21; 18:18-30). El Señor Jesús se manifestó en igual sentido, aunque no condena las riquezas en sí; solo señala sus peligros (Mateo 6:19; 13:22) y la imposibilidad de servir a Dios y a las riquezas (6:24), atentatorias al reconocimiento de su soberanía porque el rico se olvida de ser únicamente administrador de esos bienes (Lucas 6:12; cp. 12: 16-21).

La Biblia reconoce que poseer riquezas materiales entraña grandes peligros. Uno de ellos, no reconocer a Dios como la fuente de esa bendición (Deuteronomio 8:17-18; Oseas 2:8); confiar en las riquezas es un peligro colateral (Salmo 52:7), al punto de merecer una enseñanza de Jesús en cuanto era extremadamente difícil que un hombre rico entrase en el reino de los cielos al explicar “los que tienen riquezas”, por lo que, los discípulos concluyeron que todos los hombres son presa de este pecado obsesionante, quien contestó que únicamente Dios puede cambiar el corazón (Marcos 10:23,27).

Otro peligro espiritual asociado a las riquezas es el materialismo como centro de interés, tal el caso del rico necio de Lucas 12:21, que no era rico para con Dios. Agréguese la iglesia de la Odisea (Apocalipsis 3:17), tentación que se describe en la parábola del sembrador de Mateo 13:32, engaño de las riquezas que ahoga la palabra, de modo que se vuelve infructuosa en la vida por la presencia de Mamón (dios de las riquezas).

Enseñanzas:

  • La codicia, o el deseo de ser rico, de poseer abundantes bienes materiales, es un mal contra el cual las Escrituras advierten frecuentemente. El amor al dinero se señala como la raíz de toda maldad (1 Timoteo 6:9-10), consecuentemente, el espíritu de contentamiento con las cosas que Dios ha provisto es una virtud inculcada en los dos testamentos (Salmo 62:10; 1 Timoteo 6:8; Hebreos 13:5). 
  • La posesión de esos bienes y el valor que concede a ellos alegran fugazmente el corazón del hombre. Frecuentemente sucumbe su tenedor. A los ricos, como clase, se los censura en varios pasajes de la Escrituras (Lucas 6:24 s; Santiago 5), opuesto a ello, se pronuncian bendiciones sobre los pobres (Lucas 20 ss), porque la pobreza debería aumentar la fe en Dios, condición que las riquezas usualmente adormecen en la práctica.
  • No se condena la posesión de riquezas siempre que se comparta generosamente con los necesitados (1 Timoteo 6:18; Colosenses 8 y 9). El ejemplo del Señor Jesucristo es decidor, quien “por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9), cuya fidelidad en su uso apareja la recompensa espiritual (Lucas 16:11), porque la verdadera riqueza y los verdaderos bienes son bendiciones espirituales que Dios concede, más bien que sus bendiciones materiales (Lucas 12:22; 16:11).
  • La interrogante que surge es: ¿Qué tiempo dura la alegría al adquirir un automotor, una casa? ¿Días, semanas, horas? Pasada esa euforia, la normalidad en la vida retorna a su estado anterior al de la compra. Lo fugaz, lo transitorio de ese regocijo desemboca en preocupación: el vehículo demanda combustible, sufre daños, choques, hasta el peligro de ser asaltado o robado. No hay sosiego, paz.
  • Jesús el Señor en Mateo 6:19-21, advirtió: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde los ladrones minan y hurtan; sino haceos, tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde los ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”. La advertencia contra la avaricia y la correspondiente ansiedad contrasta la naturaleza temporal e incierta de los tesoros terrenales con la naturaleza imperecedera de los celestiales.
  • No prohíbe las posesiones materiales, ni su disfrute, si veta el materialismo egoísta y extravagante que ata a las personas a este mundo.
  • Quizá a lo expuesto obedezca a que San Pablo habla muy poco acerca de la posesión de riquezas, en contraste con sus muchos discursos sobre los bienes espirituales (Romanos 3:8; Efesios 1:18; 3:8; 1 Timoteo 6:9, 17 ss). Los apóstoles son pobres, pero enriquecen a muchos (2 Corintios 6.10) y, frente al supremo conocimiento de Cristo, las riquezas son insignificantes.