Cada siervo del Señor es parte importante, no un todo en sus planes o propósitos

Viene a mi memoria los estudios secundarios que compartimos con profesores y compañeros de aula sobre el todo y la parte. 

Enseñaban que el todo es un conjunto como una unidad o se refiere a la totalidad de sus elementos. Totalidad de los miembros del conjunto. Parte, elemento, fracción o cantidad que resulta de dividir un todo; también, cosa, elemento que junto con otros integran un todo mayor. Equivalentes: fracción, pedazo, trozo, porción.

En Filosofía existen categorías que reflejan la relación y la conexión entre distintos objetos, sus aspectos y elementos. Esta conexión posee el carácter de un todo y los objetos, respecto a ella, aparecen como partes suyas. Platón planteó el problema de la parte y el todo, luego Aristóteles, distingue por vez primera el todo de una mera suma cuantitativa de partes. Las categorías de la parte y el todo caracterizan el avance del conocimiento, que de ordinario comienza por una representación general sobre el todo, posteriormente pasa al análisis, a la desintegración del todo en partes y culmina con la reproducción del objeto en el pensamiento en forma del todo concreto.

La sociedad es el todo, el ciudadano la parte, aunque aquélla no es reductible a la suma de las partes. Al definir sociedad, encontramos que es el conjunto de personas que se relacionan entre sí, en armonía con normas o reglas organizativas jurídicas y consuetudinarias (se rige por la costumbre), que comparten una misma cultura o civilización en determinado espacio y tiempo.

Las personas como tales, individuos de la especie humana, hombre o mujer considerados desde la noción jurídica y moral, es, además, sujeto consciente y racional, con capacidad de discernimiento y de respuesta sobre sus actos propios.

En la relación Dios-hombre, el primero es el Todo: Omnipotente (Todopoderoso), Omnipresente (siempre está presente), Omnisciente (Todo lo sabe o conoce). El hombre es parte de su creación, parte de la sociedad, parte del mundo, parte del Todo. 

La raíz etimológica omni, significa “todo”, se atribuye al Dios de los hebreos. Omnipotente o Todopoderoso (heb. Shaddai), que caracteriza o nombra a Dios, especialmente en Job. En el Nuevo Testamento su empleo se registra en Apocalipsis en varios pasajes: 1:8; 4:8; 11:17; 15:3; 16:7, 14; 19:6,15; y 21:22. (del griego pantokrátor), el todo gobernante, soberano absoluto y universal. Omnipotencia no referida a un atributo abstracto, sino a la obra de Dios, “el que obra con todo poder” o pleno poder para llevar a cabo su propósito (Salmo 115:3; 135:6). No es una potencia arbitraria sino su propósito santo está en la creación y en la redención. Cristo participa en el poder del Padre, y aunque su omnipotencia permanece oculta a los incrédulos, se manifiesta en sus obras, y sus discípulos lo atestiguan (Mateo 9:6; 11:27; 28:18; Juan 17:2; Apocalipsis 1:8)

Es Omnisciente, tiene conocimiento de todo y todos, característica fundamental atribuida al Dios cristiano y judío. Posee sabiduría plena y perfecta, al tanto de todo lo que acaece, y es la fuente misma de todo conocimiento. Sabe lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos cada instante. Omnipresente, goza de un atributo, propio de su perfección que le permite estar en todos los lugares al mismo tiempo y en todo momento. Los Salmos exponen claramente esta cualidad divina: ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí estás”. (139:7-8), omnipresencia que no se limita a la existencia real, tangible, pues Él se halla en todas las posibilidades de la existencia, reales o no.

Enseñanzas:

  • Los siervos del Señor y Dios considerados cada uno como tales ante el Todo (Omni), somos tan solo una parte, importantes si, a sus ojos y su gracia, pero no somos el todo en los propósitos diseñados por Jehová, quien si es el TODO.
  • En otras palabras, Dios, el omnipotente, omnipresente y omnisciente Creador y sustentador de todo lo creado: ríos, mares, vegetación, montañas, peces, animales y más, con su suprema obra creativa, el hombre, es el Todo; nosotros, individualmente considerados, la parte; por tanto, cada siervo del Altísimo es esa parte, a quien le concede por su bondad y misericordia, ser importante, mas no es el todo en los planes del Eterno.   
  • Para alcanzar sus planes y programas, saca de la comodidad a los servidores leales, los mueve de un lado a otro de lo conocido a fin de prepararlos, capacitarlos y entrenarlos, y lanzarlos a acometer con el diseño divino. Así lo hizo con Abram (Génesis 12:1), con Moisés (Éxodo 3:10), con David (1 Samuel 16-31), con Jesús (Mateo 4:1). El Hijo del Dios viviente dejó todo su Reino para descender a la Tierra a ser golpeado, escupido, rechazado y muerto en la cruz. Finalmente, con otros siervos. 
  • En la realidad hay siervos y siervos que piden servir a este amantísimo Señor, piden agradarle, pero no están dispuestos a moverse de la comodidad de sus “reinitos”, tampoco a pagar un precio, a renunciar a las veleidades de la vida, a las materialidades que el mundo ofrece. Como aquel joven rico, se entristecen porque estiman que lo solicitado por Dios es demasiado (Mateo 19:16-26; Marcos 10:17-30; Lucas 18:18-30). En la otra orilla, existen servidores que pagan el precio, dejan las comodidades, dispuestos a ser movidos de un sitio a otro, se subordinan a Él, se niegan a sí mismos, toman la cruz y le siguen. (Mateo 16:24)
  • En Lucas 14:33, dijo: “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”, equivale a ser totales en nuestra opción por Cristo. No términos medios, no tibios, no fluctuantes.
  • En la iglesia del Señor, se procede como aquel joven rico, creen que todo lo han hecho, e interrogan ¿qué más hay que hacer? Y desconocen que, para seguir a Jesús, no solamente se debe tomar la cruz, renunciar a todo, morir a sí mismo, proseguir con fe en el camino del buen Dios sin ceder a los anhelos mundanos y abstenerse de éstos, y guardar todos sus mandamientos.
  • Los renunciamientos deben ser constantes, permanentes, vidas de obediencia, aprender obediencia hasta el final, sin claudicación alguna. Ante lo dicho, el siervo del Señor es una parte valiosa, sustancial en sus planes y propósitos.