En el 2º Libro de Reyes encontramos estas porciones bíblicas: 8: 8-14. “Cuando Eliseo el varón de Dios oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestidos, envió a decir al rey: ¿Por qué has rasgado tus vestidos? Venga ahora a mí, y sabrá que hay profeta en Israel. Y vino Naamán con sus caballos y con su carro, y se paró a las puertas de la casa de Eliseo. Entonces Eliseo le envió un mensajero, diciendo: Ve y lávate (sumérgete, zambúllete o húndete) siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio. Naamán se fue enojado, diciendo: He aquí, yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra. Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Si me lavare en ellos, ¿no seré también limpio? Y se volvió, y se fue enojado. Mas sus criados se le acercaron y le hablaron diciendo: Padre mío, si el profeta te mandare alguna gran cosa, ¿no lo harías? ¿Cuánto más diciendo: ¿Lávate, y serás limpio? Él entonces descendió y se zambulló siete veces en el Jordán, conforma a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio”.
¿Por qué el Jordán? Por cuanto el significado de este río es renovación, sanación. Jordán del hebrero “Yardén”, que desciende. “Jarden” río principal de Palestina; y el número siete en la antigüedad se consideraba de perfección y plenitud; empero, lo importante en la orden emanada por el profeta Eliseo era conceder una oportunidad para que Naamán obedezca la palabra de Dios, pues, el poder sanador no provenía de aquél sino de la promesa divina que anunciaba.
Este general del ejército del rey sirio (Ben-adad) considerado varón grande delante de su señor, héroe importante, acostumbrado a recibir respeto, se sintió menospreciado por el varón de Dios al estimarle persona común y corriente. En su orgullo esperaba un trato de alta consideración por su rango, además, sumergirse o lavarse en el Jordán río pequeño y sucio era indigno de su jerarquía, aunque se vio impelido, impulsado a humillarse y a obedecer los mandatos de Eliseo representante del Dios todopoderoso para sanarse.
Es verdad que la obediencia al Señor inicia con la humildad que, al hacerlo, conduce a recibir bendiciones en consideración a que sus caminos siempre son mejores (Isaías 55:8-9), en razón, además, que Él demanda de nosotros obediencia más que otra cosa aun ante los hombres (Hechos 5:29), finalmente, empleará cualquier recurso para alcanzar sus propósitos.
Se fue furioso, rezongando al precisar que los dos ríos de Damasco -Abana y Farfar- en su apreciación, eran mejores que todas las aguas del Jordán. Como héroe aspiraba a un recibimiento por el profeta que arrogantemente con sus caballos y carro, se paró a la puerta de la casa de Eliseo, mas éste no lo recibió en persona sino que envió al mensajero a decirle: “Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se restaurará, y serás limpio” (v. 10). En su egocentrismo, soberbia y prepotencia no aceptó la cura por fe, sin embargo, Naamán tuvo que aceptar la propuesta del profeta ante el consejo de sus criados: “Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa ¿no lo harías? ¿Cuánto más, diciéndote: ¿Lávate y serás limpio?”.
Hoy para limpiarnos de todo pecado debemos acudir ante el Perdonador y aceptar humildemente su misericordia porque “él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9), al igual que la limpieza de la lepra de Naamán.
Enseñanzas:
- Eliseo -profeta sucesor de Elías- ofreció sus servicios al enterarse que el rey israelita (Joram) se había rasgado sus vestidos, envió a decirle que si el visitante enfermo de lepra venía a él su viaje no sería infructuoso: “Venga ahora a mí y sabrá que hay profeta en Israel” (v. 8), dispuesto a hacer lo que el rey no puede tampoco se atreve al igual que los “profetas” sirios.
- Eliseo no ofreció cumplido alguno al general, tampoco salió a recibirle. Empleó un método sui géneris y sencillo. Por medio del criado le envió el mensaje: “Ve y lávate siete veces en el Jordán” (v. 10). ¿Cuál la promesa del varón de Dios? Serás limpio. “Y la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).
- Naamán se sintió menospreciado por el profeta al darle órdenes a través del criado en lugar de acudir personalmente lastimó su ego. En su orgullo, “dije para mí”, saldrá luego, y considere que quien se presentaba ante él era un general del rey sirio, y lucubra y lucubra varias expresiones transcritas ya: “y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios”, mencionará y resaltará mi nombre y hazañas, “luego alzará su mano y tocará el lugar de la lepra y, en tal forma, recibiré la curación” (v. 11). Estalló en ira al contemplar que el escenario era diferente al que imaginó al extremo de estimar como importante recibir honores y satisfacciones antes que curar su enfermedad.
- Se vio ofendido por el varón de Dios ante el menosprecio a su país al mandarle a sumergirse o zambullirse en un río pequeño y sucio cuando el Abana y Farfar, ríos de Damasco “son mejores que todas las aguas de Israel” (v. 12). Agregó: “Si me lavare en ellos ¿no seré también limpio? En verdad, pudo lavarse en esos ríos sirios y quedar limpio de mugre y suciedad mas no sanarse de la lepra. El Jordán era el río prescrito por Dios, y al esperar que el poder celestial le curase, debía someterse a su voluntad sin argumento alguno. El enojo no lo conduciría a nada bueno, tampoco hoy: “la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1:20).
- Cuán importante es escuchar atentamente a siervos de Dios a los que subestimamos o consideramos “no importantes” como los criados de Naamán, cuyos consejos sencillos y humildes pueden cambiar totalmente el curso de la vida: “Si el profeta te mandara alguna cosa muy difícil, ¿lo harías o no? (v. 13). Sin duda, lo harías. Sométete, pues, a este método sencillo, desciende al Jordán y sumérgete en él, y serás limpio. Sin equívoco alguno, la advertencia o apercibimiento respetuoso y modesto caló hondo en el general, quien finalmente obedeció. “Descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios”. El resultado feliz: “y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio” (v. 14).
- Al atravesar por una enfermedad de las vigentes en este siglo, VIH sida, cáncer, alzheimer u otras, y el amantísimo Dios prescribiere ayuno y oración por veintiún días solo con agua para recibir sanidad divina luego de terminado el tiempo, ¿acaso no lo haríamos? Claro que sí, no solo por uno mismo, también por los familiares. Hablamos en este segmento también de las enfermedades espirituales, y en cada uno de nosotros inicia la esperanza de sanación, de curación, consecuentemente, los que no han postulado por recibir al Señor Jesús como su único y suficiente Salvador y Sanador, no pueden posponer por más tiempo. ¡Es ahora!
- Sumergirse no se vincula necesariamente con hundirse en las aguas de un rio, de una piscina o del mar. Significa, además, concentrar plenamente la atención en determinada actividad o estados mentales, abstrayéndose de la realidad. Por ejemplo, “estoy sumergido en mis estudios”, “me encuentro sumergido en la lectura de este libro”. Es lo que nos pide el Dios del cielo: sumergirnos en el estudio de su Palabra. Su sinónimo, zambullirse, introducirse súbitamente en alguna actividad o asunto. V. gr.: “zambullirse en la lectura de las Sagradas Escrituras, de una novela”. Interiorizarnos, ir a lo profundo, hundirnos en la meditación de ellas. Es un mandato del Señor: “Ve y sumérgete”. Ahora, ahora, ahora. No lo pospongas. No pienses como Naamán: “yo decía para mí”. Piensa como Jesús, y cumple con lo que Él manda. “Y todo lo que es ordenado por el Dios del cielo, sea hecho prontamente” (Esdras 7:23). Ver enseñanza No. 72.
- Se advierte un paralelo en la historia de Naamán con lo que ocurre en nuestra época de aquellos que vienen a Jesús en busca de salvación. Él siempre está presto a otorgársela a quien la pida, depende de nosotros en cuanto a la obediencia y oportuna decisión en adoptarla. Concluyamos con las expresiones del general sirio al presentarse ante el varón de Dios -Eliseo- con toda su compañía: “He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel” (v. 15 b). Los salvados por la gracia del Señor Jesucristo, podemos afirmar igualmente que no hay otro Dios sino Jehová. Único y verdadero de quien todo debemos testificar.
