JESÚS es el Buen Samaritano

Samaritano en el Nuevo Testamento es un habitante de Samaria, raza mixta que resultó de la fusión del remanente israelita con los gentiles que los asirios llevaron a la región después de la caída de Israel, su conquista y deportación acaecida en el año 722 antes de Cristo. (2 Reyes, capítulos 17 y 18), profesante de la religión sincretista, mezcla del paganismo con la religión hebrea. 

Los samaritanos se consideran los auténticos descendientes de los israelitas, pues no todos fueron llevados cautivos, y aun muchos de éstos retornaron a su tierra. La relación entre judíos y samaritanos pervive como antigua hostilidad entre la fe pura de Judá y la evaporable fe de Israel, hostilidad que llegó a su culminación al edificar los samaritanos el templo rival en el monte Gerizim, destruido por el rey macabeo Juan Hircano que, a pesar de ello, continuaron venerando su monte sagrado y celebrando en él sus cultos.

En la época del Señor Jesús, ser samaritano era despreciativo (Juan 8:48). Los judíos evitaban cualquier contacto con ellos (Juan 4:9), no obstante, puso como ejemplo a un samaritano para ejemplificar que ante Dios no hay acepción de personas. (Lucas 10:33-37; Juan 4:9). Tanto romanos como emperadores cristianos persiguieron a los samaritanos hasta el año 636 después de Cristo al caer el pueblo bajo el poder de los musulmanes. Actualmente, los samaritanos constituyen una comunidad religiosa gobernada por un sumo sacerdote y observan la Pascua, la fiesta de los panes sin levadura, el Pentecostés y la fiesta de los tabernáculos. En el monte Gerizim matan el cordero pascual en vísperas de la Pascua y lo comen según las leyes de la Torá. Escrupulosamente cumplen con las leyes del Sabat (cesar o parar cualquier actividad). El día de la expiación para ellos es el más sagrado en el que observan un ayuno total. 

Lucas 10:25-37 relata la parábola del buen samaritano: “Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo que cosa heredaré la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás. Pero él, queriendo justificarse así mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Así mismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole fue movido a misericordia; y acercándose vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día, al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te pagaré cuando regrese. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de ladrones? Él dijo: el que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tu lo mismo”.

Note usted que, en este relato, el Maestro enseña al intérprete de la ley sobre el prójimo, quien quería “justificarse a sí mismo”, además, puntualizó que la fuente de asistencia no fue un pariente o un conciudadano de Israel, sino un despreciado samaritano, cuya compasión merece el mayor de los elogios, porque la persona a la que asistió, bajo circunstancias normales, probablemente ni siquiera le habría dirigido la palabra. El Señor Jesús ha venido a este Planeta a romper una separación semejante entre los seres humanos. 

Enseñanzas:

  • Los expertos en la ley trataron al herido como tema de discusión; los ladrones, como objeto de explotación; los sacerdotes como un problema a evitar; en tanto, el levita, como objeto de curiosidad. Tan solo el samaritano lo trató como una persona a la que debía amar y socorrer.
  • Aprendemos también tres principios del significado de amor al prójimo: 1) la ausencia de amor es fácil de justificar a pesar de que nunca es buena; 2) el prójimo es quienquiera que se halle en necesidad, sin consideración a raza, credo ni procedencia social; y, 3) amar significa realizar algo para suplir la necesidad de alguien necesitado en nuestro alrededor, sin que nada justifique negarse a ofrecer ayuda.
  • En cuanto al prójimo, Cristo corrigió la errada noción que, a través de esta parábola (narración breve y simbólica de enseñanza moral), toda persona en necesidad, sin importar raza, color de piel, clase social, credo, nacionalidad, merece ser tratado por nosotros como auténtico prójimo o próximo, y quien atiende al demandante de atención a esa (s) necesidad (es), se comporte con él como genuino “prójimo”.
  • El sacerdote, el levita, eran personas que profesaban santidad, oficios que les obligaba a prodigar compasión y ternura con los demás, que habían enseñado a otros a cumplir con la ley del amor al prójimo, pero no. Estas clases sacerdotales, en su mayoría, residían en Jericó, consecuentemente, recorrían regularmente el camino de Jericó a Jerusalén (25 kilómetros) y viceversa. Igual, los levitas, quienes asistían a los sacerdotes. Ellos, se hicieron de la vista gorda.
  • El socorrido fue auxiliado por un extranjero, un samaritano de quien no podía esperarse ayuda para un judío. Si el sacerdote y el levita endurecieron sus corazones contra uno de su propia nación, este samaritano tuvo un corazón tierno, “fue movido a compasión”, hacia un extranjero. Vio en él, no a un judío, sino a un hombre en necesidad imperiosa y urgente, y, aunque era samaritano, había aprendido a honrar a todos, y a socorrer aun a los enemigos.
  • El Señor Jesús fue extranjero al caminar sobre esta tierra. Se detuvo a sanarnos, a vendar nuestras heridas, a consolarnos, a que no muriésemos, a entregarnos todas sus “riquezas en gloria”.
  • No se limitó a tener compasión del herido, sino que se acercó, vendó sus heridas, y utilizó sus propios lienzos, echó aceite y vino que tenía como provisiones (vino para lavar la herida, y aceite para suavizarla y cerrarla). Lo puso sobre su propia cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él (vv. 33-34)
  • Este buen samaritano dejó a un lado sus asuntos o negocios que debía atenderlos; sin embargo, primó en él el amor, la compasión, la diligencia y asistencia a un necesitado como actos urgentes y posibles ante un evento desventurado sufrido por aquel hombre, aun el ofrecer sacrificio a Dios. Observe que en su viaje al mesón camino a pie llevando al herido a una posada y cuidó de este todo el día a la manera como procedería un padre respecto a su hijo.
  • Es más, al día siguiente extrajo dos denarios más (un denario equivaldría hoy a 2 dólares USA), y los dio al mesonero, solicitando: “Cuídamele y todo lo que gastes de más, yo te pagaré cuando regrese”. No únicamente fue solícito, amoroso y bondadoso, obró como un amigo íntimo o un familiar a la manera como lo haría nuestro Señor, Dios y Amigo, el Señor Jesús.

Sin lugar a equívoco alguno, el SEÑOR JESÚS ES EL BUEN SAMARITANO. 

No solo enseñó al intérprete de la ley a ubicar al “prójimo”, sino otros valores morales y de solidaridad olvidados anteriormente y en la época actual. Dejó para la posteridad su comportamiento como tal: Un Buen Samaritano con corazón excepcional, único, lleno de amor, de servicio, compasivo, tierno y cariñoso.